miércoles, 14 de mayo de 2014

Día de mercado



Como cada domingo desde hace cuarenta años, Doña Leonora colocó su puesto de frutas y verduras en el mercado. La mañana era calurosa, en el cielo no había una nube. La gente llegaba para hacer sus compras. Mujeres, hombres, jóvenes y muchachas se apresuraba con el mandado en brazos. Algunos mercaderes gritaban el precio de sus mercancías, otros le sonreían coquetos a las clientas y algunos más platicaban con sus vecinos. Todo parecía muy similar a cualquier domingo de mercado en primavera. Pero Doña Leonora sabía que este domingo sería diferente a los demás y se sentía feliz. Por primera vez, su nieto, Mateo, la acompañaría en el puesto del mercado.
Mateo también estaba feliz, siempre le había gustado el trabajo de su abuela. Pero nunca antes su mamá lo había dejado ir. Eres muy pequeño, decía su mamá cada vez que Mateo insistía. Hace una semana, Mateo había cumplido 10 años y ahora podría acompañar a su abuela. 
Por la mañana, en la plaza donde se pone el mercado, Mateo, su papá y su abuela colocaron juntos una gran sombrilla roja junto a una larga mesa. Después,  Mateo ayudó a su abuela a acomodar los montones de frutas y verduras sobre la mesa. Su papá terminó de descargar las cajas y costales de mercancía de la camioneta, les deseó suerte y les avisó que regresaba a las dos por ellos.
Sobre el tenderete de Doña Leonora, los tomates, sandías, plátanos, cebollas, chiles y verdolagas completaban un arcoíris comestible.  Cuando estuvo el puesto instalado, la gente empezó a llegar poco a poco. Mateo se emocionó mucho cuando el primer cliente, un señor de bigote blanco, le pidió tomates, calabazas y cebollas a su abuela. Al escuchar el pedido, Mateo se apresuró a llenar una bolsa con las verduras solicitadas. Su abuela le enseñó cómo pesar correctamente los kilos en la báscula, así que Mateo puso las verduras sobre ésta, y juntos acomodaron las pesas. Los tomates eran más del kilo, en cambio, las cebollas eran menos. Mateo hizo los arreglos necesarios y le dio al señor de bigote blanco exactamente tres kilos.
Para medio día, Mateo y su abuela ya habían vendido casi todas las verduras y frutas de la mesa. Doña Leonora estaba orgullosa de su nieto, Mateo era muy listo. En un solo día, él había aprendido a acomodar las frutas para que no se maltratasen, a utilizar las pesas de la báscula y a distinguir cuáles son las verduras más resistentes al calor.
Mateo se sentía satisfecho también, había trabajado, ayudado a su abuela y se había dado cuenta de algo importante. En la escuela, nunca le gustaron las matemáticas, pero en el mercado, junto a su abuela, descubrió que los números podían ser divertidos y muy útiles.
A la una y media de la tarde, su abuela le dijo a Mateo, es hora de irnos. Entonces Mateo cerró la gran sombrilla roja mientras su abuela guardó las verduras y frutas que no habían vendido. A las dos en punto, el papá de Mateo llegó por ellos.
En casa de Doña Leonora, al despedirse, Mateo le pidió a su abuela poder volver el domingo siguiente. Su abuela se quedó pensando un rato y al fin dijo, puedes volver cuando quieras, Mateo, me dará mucho gusto. Doña Leonora extendió la mano y le dio cincuenta pesos a su nieto. Pero recuerda, estudiar es lo más importante, el trabajo y el dinero vendrán después.

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