Como cada domingo desde hace cuarenta años, Doña
Leonora colocó su puesto de frutas y verduras en el mercado. La mañana era
calurosa, en el cielo no había una nube. La gente llegaba para hacer sus
compras. Mujeres, hombres, jóvenes y muchachas se apresuraba con el mandado en
brazos. Algunos mercaderes gritaban el precio de sus mercancías, otros le
sonreían coquetos a las clientas y algunos más platicaban con sus vecinos. Todo
parecía muy similar a cualquier domingo de mercado en primavera. Pero Doña Leonora
sabía que este domingo sería diferente a los demás y se sentía feliz. Por
primera vez, su nieto, Mateo, la acompañaría en el puesto del mercado.
Mateo también estaba feliz, siempre le había gustado
el trabajo de su abuela. Pero nunca antes su mamá lo había dejado ir. Eres muy
pequeño, decía su mamá cada vez que Mateo insistía. Hace una semana, Mateo
había cumplido 10 años y ahora podría acompañar a su abuela.
Por la mañana, en la plaza donde se pone el mercado, Mateo,
su papá y su abuela colocaron juntos una gran sombrilla roja junto a una larga
mesa. Después, Mateo ayudó a su abuela a
acomodar los montones de frutas y verduras sobre la mesa. Su papá terminó de
descargar las cajas y costales de mercancía de la camioneta, les deseó suerte y
les avisó que regresaba a las dos por ellos.
Sobre el tenderete de Doña Leonora, los tomates, sandías,
plátanos, cebollas, chiles y verdolagas completaban un arcoíris comestible. Cuando estuvo el puesto instalado, la gente
empezó a llegar poco a poco. Mateo se emocionó mucho cuando el primer cliente,
un señor de bigote blanco, le pidió tomates, calabazas y cebollas a su abuela.
Al escuchar el pedido, Mateo se apresuró a llenar una bolsa con las verduras
solicitadas. Su abuela le enseñó cómo pesar correctamente los kilos en la
báscula, así que Mateo puso las verduras sobre ésta, y juntos acomodaron las
pesas. Los tomates eran más del kilo, en cambio, las cebollas eran menos. Mateo
hizo los arreglos necesarios y le dio al señor de bigote blanco exactamente tres
kilos.
Para medio día, Mateo y su abuela ya habían vendido
casi todas las verduras y frutas de la mesa. Doña Leonora estaba orgullosa de
su nieto, Mateo era muy listo. En un solo día, él había aprendido a acomodar
las frutas para que no se maltratasen, a utilizar las pesas de la báscula y a
distinguir cuáles son las verduras más resistentes al calor.
Mateo se sentía satisfecho también, había trabajado,
ayudado a su abuela y se había dado cuenta de algo importante. En la escuela, nunca
le gustaron las matemáticas, pero en el mercado, junto a su abuela, descubrió
que los números podían ser divertidos y muy útiles.
A la una y media de la tarde, su abuela le dijo a
Mateo, es hora de irnos. Entonces Mateo cerró la gran sombrilla roja mientras
su abuela guardó las verduras y frutas que no habían vendido. A las dos en
punto, el papá de Mateo llegó por ellos.
En casa de Doña Leonora, al despedirse, Mateo le pidió
a su abuela poder volver el domingo siguiente. Su abuela se quedó pensando un
rato y al fin dijo, puedes volver cuando quieras, Mateo, me dará mucho gusto.
Doña Leonora extendió la mano y le dio cincuenta pesos a su nieto. Pero
recuerda, estudiar es lo más importante, el trabajo y el dinero vendrán
después.
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